El aislamiento en personas mayores

El aislamiento en personas mayores

Se suele decir que las personas somos animales sociales. Es una realidad tan extendida y popular que el filósofo Aristóteles reflexionó sobre este tema e incluso lo plasmó en una frase que ha llegado hasta nuestros días: El hombre es un ser social por naturaleza. Desde niños es habitual que nos guste relacionarnos no solo con nuestro entorno natural, sino con las personas que nos rodean. En la infancia, además, esta dependencia es patente, ya que precisamos que otras personas, por lo general nuestros padres, satisfagan nuestras necesidades básicas y nos ayuden a desarrollarnos como personas. Esto es muy común también entre los adultos mayores, ya que a medida que envejecemos, nuestras capacidades se ven poco a poco mermadas. Pero no es solo una necesidad física, sino también emocional.

El aislamiento como problema social

Ciertos estudios llevados a cabo por la Organización Mundial de la Salud revelaron que las personas viudas, en especial las mujeres, por tener una mayor esperanza de vida que los hombres, gozan de una salud física y mental más pobre que el resto de los individuos de la misma edad.

Parecen existir evidencias, pues, de que la soledad exacerba no solo el deterioro cognitivo, sino también el mental, incluso en personas que han disfrutado con anterioridad de una vida social plena.

Por supuesto, esto no quiere decir que todas las personas viudas ni todos los ancianos que viven solos se encuentren en una situación de aislamiento. Porque el aislamiento social no es más que la falta de conexiones sociales, y estas se pueden dar tanto dentro como fuera del hogar.

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Causas que inciden en el aislamiento en personas mayores 

El aislamiento en muchos de nuestros mayores se debe tanto a la pérdida de autosuficiencia derivada de la edad como a la aparición de ciertas patologías. Sin embargo, existen otras circunstancias no menos importantes asociadas al envejecimiento.

Vivir solo

Aunque muchos adultos mayores que viven solos disfrutan de una buena vida social,  la sensación de aislamiento es más frecuente en personas que viven solas.

No poder salir de casa

La soledad es mayor en ancianos con una autonomía limitada, ya que dependen de una tercera persona, ya sea un familiar o un cuidador, para moverse libremente.

Sufrir una pérdida importante

Por ejemplo, la muerte de la pareja. Como indicábamos al principio, la viudez aumenta el riesgo de padecer una peor salud física y mental.

Tener problemas financieros

La ausencia de medios económicos puede dificultar el acceso a las redes sociales que se establecen a través de cursos o actividades a las que no todos los adultos mayores pueden acceder.

Cuidar de alguien

Debido al aumento de la esperanza de vida, son muchos los adultos mayores que se convierten en cuidadores de sus padres dependientes, lo cual incrementa su aislamiento social.

Tener problemas psicológicos o cognitivos

Por supuesto, en el caso de enfermedades neurodegenerativas el aislamiento es todavía mayor.

Tener problemas de audición

Las dificultades para oír correctamente se convierten en un impedimento a la hora de relacionarse con normalidad.

Jubilarse

La jubilación, además de suponer un cambio en los hábitos de vida, puede reducir también las interacciones sociales, redundando en la sensación de aislamiento.

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Vivir en un entorno rural

Al igual que en el caso de las personas con una movilidad reducida, no disponer de independencia para moverse libremente incrementa el aislamiento social y, por tanto, la sensación de soledad.

Sufrir barreras idiomáticas

Para los adultos mayores, tener que vivir en un lugar cuyo idioma desconocen o no dominan incrementa su aislamiento, dado que el aprendizaje es mucho más lento en personas de edad avanzada.

Padecer discriminación de algún tipo

La discriminación que sufren las personas mayores, ya sea por motivos religiosos, ideológicos, de edad, raza u orientación sexual, hace que disminuyan sus interacciones sociales.

Riesgos que el aislamiento en personas mayores provoca en la salud

Si bien es difícil, por no decir imposible, medir algo tan etéreo como la soledad, existen informes, como el publicado en 2020 por las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina, que recogen que más de una tercera parte de los estadounidenses de 45 años o más se sienten solos, y que una cuarta parte de los mayores de 65 años o más confiesan estar socialmente aislados. Podemos aventurar sin temor a equivocarnos que estos porcentajes es posible que sean incluso mayores en la actualidad, como consecuencia de la pandemia producida por el COVID-19.

  • El aislamiento social incrementa el riesgo de que una persona fallezca prematuramente. Esto es así no solo por el deterioro cognitivo derivado de la ausencia o disminución de las relaciones sociales, sino por la propia falta de auxilio ante una emergencia sufrida por una persona que vive sola. 
  • La ausencia de relaciones sociales aumenta casi en un 50% el riesgo de demencia.
  • El aislamiento es igualmente responsable de que se incremente en un 29% el riesgo de  padecer enfermedades cardiacas y en un 32% el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular.
  • La depresión y el suicidio guardan también relación con la soledad.
  • Los pacientes con insuficiencia cardiaca socialmente aislados tienen un riesgo de muerte 4 veces mayor que los pacientes que disfrutan de conexiones sociales.
  • La soledad aumenta en un 68% el riesgo de hospitalización y un 57% el riesgo de acudir a urgencias.
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El aislamiento en personas mayores 2

Posibles soluciones

Todos los adultos mayores suelen visitar con mayor o menor frecuencia a los profesionales sanitarios. De hecho, no es infrecuente que estos constituyan el contacto más prolongado para alguno de ellos. En estos casos son dichos profesionales quienes deberían identificar a las personas con un mayor riesgo de padecer aislamiento social y orientarlas o derivarlas a especialistas como asistentes sociales. Aunque, como es natural, son ellos quienes deben decidir finalmente si desean relacionarse con otras personas.

Sumado a esto, actividades como la musicoterapia, los talleres de cocina, los juegos de memoria y otras técnicas propias de la terapia ocupacional mejoran la estimulación cognitiva y son beneficiosas para frenar el declive neuroinmunitario asociado al aislamiento social en personas de edad avanzada.

Por todo esto en Argaluza sabemos que es tan importante contar con un equipo de profesionales que cuiden no solo de la salud física de los mayores de nuestro centro, sino que velen también por su bienestar emocional. Solo así es posible tejer una red de apoyo tanto entre ellos como con nuestros cuidadores.

Referencias consultadas

  • Arranz, L. & alt. (2009). El aislamiento social durante la vejez empeora el deterioro cognitivo, conductual e inmunitario. Recuperado de bit.ly/3CTQl7D
  • Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina (2020). Soledad y aislamiento social vinculados a afecciones graves: oportunidades para el sistema de salud. Recuperado de bit.ly/3iO9AID
  • Centro de Educación y Referencia Sobre el Alzheimer y las Demencias Relacionadas (2021). Soledad y aislamiento social: Consejos para mantenerse conectado. Recuperado de bit.ly/3XgnPVT

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